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      LA HORA CIEGA

Mis años no entienden de órbitas ni narcisos,
sólo de sombras
esculpidas
en silencio,
mentira paisajística para acallar las sílabas
que pugnan en vano por escalar tu espejo.

Embeleso
              que trasciende,
                                  aleteo extasiado
de mariposa hambrienta
de suspiros,
rugir de lágrima enamorada del ocaso,
prímula marchita soñando la tristeza
de la primordial caricia de un beso amurallado.

Soplo de aire fresco sobre arpa polvorienta,
transición que lleva a la obscura fusión
de la memoria compartida con los astros,
más allá del dolor,
            del gemido,
                      del jadeo.

Miro el mapa núbil de tu cuerpo en llamas
enlazado a la palabra del tacto, éxtasis
interpretado por amante en la hora ciega
que me roba el sabor de tu desnudo trópico.

La tenue línea que separa la angustia del piano
tras los fuegos fatuos de mis córneas celestes.

En mis cuencas vacías hay alacranes rosa
que pugnan por llegar al chirrido frágil
del animal que duerme en tu pezón de jade,
resguardado del gélido aire de mi invierno.

Vientre abandonado a la sombra del horizonte,
preámbulo de caricia enmohecida, llanura
explorada por la memoria del destino ciego.

Nos separa la barrera de un manojo de flores
manipulando el tenue trazo deshilachado.

Noche fría, gris, lóbrega, asexuada,
pululando incansable, contando pezuñas
bajo la ventisca de ceniza y profecías.

Doméstica mezcolanza de abejas coronadas,
dibujando la ruleta donde patinan los búhos.

Penetro el mármol
con las yemas de mis dedos ateridos,
me fundo en el estupor de la estatua ignota
y añado, bajo la mirada ardiente del espejo
un nuevo capítulo amargo a mi personal infierno.

En un rellano de tu almohada de flores,
      sedas
            y ausencias,
yace tronchado un primer beso
desnudo de malicias.

Antonio García Vargas


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